
No se trata de dejar de usar la inteligencia artificial. Todo lo contrario. Es una herramienta que puede ayudarnos enormemente a ser más productivos, analizar información, generar ideas y automatizar tareas. Sin embargo, aprovechar sus beneficios exige usarla con criterio y entender que no todas las decisiones tienen el mismo nivel de riesgo. No es lo mismo pedirle ayuda para redactar un correo o resumir un documento que utilizar una respuesta generada por IA como base para una decisión financiera, legal o estratégica.
A medida que aumenta el impacto potencial de una decisión, también debería aumentar la revisión humana. Si usamos IA para una tarea de bajo riesgo, probablemente bastará con revisar que el resultado tenga sentido. Pero si la información puede afectar a una persona, una inversión, un cliente o una decisión relevante para una organización, verificar las fuentes, contrastar los datos y recurrir a especialistas cuando corresponda deja de ser opcional.
El desafío es que la IA puede entregar información incorrecta con la misma seguridad y fluidez con que entrega información verdadera. No siempre advierte que tiene dudas. Por eso, una respuesta convincente no es sinónimo de una respuesta correcta, algo que puede llevarnos a bajar la guardia.
El problema, entonces, no es solo que la inteligencia artificial pueda equivocarse. El mayor riesgo aparece cuando nosotros dejamos de verificar lo que nos entrega. La velocidad y facilidad de estas herramientas pueden generar una falsa sensación de certeza y llevarnos a delegar no solo tareas, sino también nuestro propio juicio.
Por eso, las organizaciones necesitan avanzar en alfabetización en IA. No basta con enseñar a utilizar una herramienta. También es necesario aprender a reconocer sus limitaciones, evaluar la calidad de sus respuestas, saber cuándo comprobar una fuente y cuándo debe existir supervisión humana.
La adopción responsable de la IA tampoco significa revisar absolutamente todo, porque eso eliminaría buena parte de las eficiencias que buscamos. Se trata de aplicar controles proporcionales al riesgo y definir con claridad cuándo podemos apoyarnos en la automatización y cuándo una decisión requiere necesariamente criterio humano.
La inteligencia artificial seguirá avanzando y probablemente tendrá cada vez mayor autonomía y presencia en nuestras decisiones. Por eso, el desafío no será solamente contar con tecnologías más inteligentes, sino asegurarnos de que quienes las utilizan también desarrollen mejores capacidades para cuestionar, verificar y decidir.
Porque mientras más inteligencia artificial incorporemos, más criterio humano vamos a necesitar. La IA puede ayudarnos a encontrar respuestas, analizar alternativas y hacer nuestro trabajo mejor y más rápido. Pero hay algo que no deberíamos delegar: la responsabilidad de decidir cuándo confiar en esas respuestas. Ese seguirá siendo nuestro trabajo.

Por Jennifer Hidalgo, Analista de Ciberseguridad y Resiliencia de Cybertrust