Columna Opinión: La prórroga de la Ley de Datos: Un salvavidas inútil si no empoderamos al DPO

Por estos días, el debate público en Chile se concentra en la posible postergación de la entrada en vigencia de la Ley de Protección de Datos Personales (Ley N° 21.719). Diversos expertos respaldan esta prórroga argumentando, con justa razón, los profundos retos de cultura organizacional y las complejidades en la interpretación normativa que enfrentan las empresas. Sin embargo, ver esta extensión de plazo como un «respiro» es un error estratégico. La resiliencia para el plazo fatal depende de una ejecución inmediata, incluso si este se prorroga.

El diagnóstico de nuestro ecosistema corporativo es preocupante. Nos encontramos ante una verdadera «crisis de ejecución» donde la brecha entre la ambición estratégica y la capacidad operativa se ha convertido en el cuello de botella más crítico de la década. Actualmente, la seguridad corporativa es, en gran medida, una ilusión cosmética: el 79,1% de las empresas posee políticas escritas, pero apenas un 39,3% ha implementado un Registro de Actividades de Tratamiento (RAT). Peor aún, un 54,8% de las organizaciones opera sin responsables definidos, transformando sus datos de un activo informativo a un pasivo legal expuesto a multas millonarias.

Es precisamente en este vacío donde la discusión sobre la prórroga pierde el foco. El verdadero desafío no es ganar tiempo para redactar más manuales de cumplimiento, sino articular una solución estructural para cerrar el 56,9% de riesgo latente que existe por la falta de cultura de datos en la fuerza laboral. Y la pieza angular para lograr esta transformación tiene nombre y apellido: el Delegado de Protección de Datos (DPO).  

Bajo nuestro nuevo marco legal, debemos dejar de ver al DPO como un fiscalizador externo o un freno burocrático. A diferencia del modelo europeo (GDPR), el diseño chileno de la Ley 21.719 define al DPO como un asesor del responsable, un rol diseñado «con el negocio y para el negocio». Su función no es frenar la innovación, sino actuar como el orquestador de la resiliencia operativa y certificar el Modelo de Prevención de Infracciones (MPI), el cual funciona como el escudo primario e indispensable para proteger al Directorio de responsabilidades penales y administrativas.

Más allá del cumplimiento, el DPO es el habilitador definitivo de la innovación tecnológica. Hoy vemos un mercado atrapado con un 46,1% de inacción en Inteligencia Artificial Generativa. La razón es simple: implementar IA sin gobernanza es una pésima asignación de capital. Sin un DPO que garantice la Privacidad desde el Diseño (como mandata el Artículo 14 quáter) y sanee la calidad de la información, los algoritmos se transforman rápidamente en «motores de alucinaciones corporativas». Industrializar errores con datos de mala calidad solo destruye la confianza de los accionistas y clientes.

Por lo tanto, si el ecosistema empresarial chileno obtiene una prórroga para la Ley de Datos, este tiempo extra no debe ser un subsidio para la inacción. Debe ser la ventana estratégica para institucionalizar la figura del DPO con independencia jerárquica.

El éxito en los próximos años no vendrá de la acumulación pasiva de información, sino de la velocidad y ética con que se orquesten los activos de datos. Es el momento de que los directorios dejen de justificar su parálisis por la complejidad del entorno y comiencen a transitar, de la mano de sus DPO, de ser meros custodios de datos a verdaderos arquitectos de inteligencia competitiva.

Por Cristián Maulén, Socio Principal de CustomerTriger y Director del Programa de Especialización en Protección de Datos, FEN UChile.

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