Todos quieren la última lámina

Mucho antes de que el fútbol se convirtiera en una industria global, antes de las transmisiones en alta definición, los contratos multimillonarios, las plataformas de streaming y las métricas en tiempo real, el Mundial ya tenía una forma sencilla de entrar en la vida cotidiana: una lámina.

Fuente: Magnific

En Chile, esa relación tiene una memoria particular. El Mundial de 1962, organizado bajo el espíritu de “porque no tenemos nada, queremos hacerlo todo”, fue el último en su tipo. Una época en que el torneo todavía conservaba algo de aventura, de precariedad y de hazaña colectiva. Alrededor de esa cita aparecieron álbumes y ediciones locales no oficiales, que ayudaron a transformar a jugadores, escudos y selecciones en objetos de colección.

Más de seis décadas después, el fútbol cambió casi por completo. La actividad se hiperprofesionalizó, los jugadores son marcas globales, los clubes son plataformas de contenido y los mundiales son eventos comerciales de escala planetaria. Sin embargo, cada cuatro años, millones de personas vuelven a participar de un ritual sorprendentemente parecido al de antes: comprar sobres, abrirlos con expectativa, separar repetidas, buscar la difícil, negociar e intercambiar y celebrar cuando aparece esa lámina que parecía imposible.

El furor actual por el álbum del Mundial demuestra que el fútbol no ha perdido su capacidad de conectar con emociones esenciales. Incluso en un país que no estará en la próxima Copa del Mundo, el álbum logró instalar filas, conversaciones, encuentros de intercambio y una ansiedad colectiva que atraviesa edades. Niños, padres, abuelos y coleccionistas vuelven a reunirse en torno a un mismo objeto. Para algunos, complementa una pasión compartida que ya existía; para otros, la despierta; y para muchos, simplemente ofrece una forma de pertenecer. Al final, cada lámina funciona como una pequeña puerta de entrada a una conversación que el fútbol mantiene abierta entre generaciones.

Hoy las marcas más fuertes no son necesariamente las que más aparecen, sino las que logran insertarse en la cultura y conectar con algo que las personas ya reconocen como propio. El álbum del Mundial no compite solo por atención; propone un ritual sobre una pasión que cruza generaciones. Convierte la compra de un sobre en expectativa, la repetida en conversación y la lámina difícil en objeto de deseo. En ese tránsito, la marca deja de ser solo un producto para transformarse en una experiencia compartida, capaz de convocar incluso a quienes no viven el fútbol desde el fanatismo, sino desde la memoria, la curiosidad o el deseo de pertenecer.

Este objeto logró una vigencia distinta, no solo conectando consumo con memoria, infancia con adultez, fútbol global con experiencia local, sino transformándose en un fenómeno de masas.

Hoy esa lámina tiene más poder que nunca. En una imagen atrapamos la magia del barrilete cósmico de Maradona el 86, la calva de Zidane el 98, la gambeta endiablada de Ronaldo, el fenómeno, ante el portero. ¿Y por qué no? En este 2026 el último baile de Cristiano y Messi, los dioses del balón que desafían el tiempo. En ese pequeño rectángulo adhesivo todavía cabe algo que el fútbol, pese a toda su transformación comercial, no ha perdido: la ilusión de pertenecer a una historia más grande.

Cristián Frederick

Director General de Cuentas

TBWA\Frederick

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