Durante décadas, el lujo consistió en tener más. Automóviles exclusivos, prendas de diseñador, relojes de alta gama o viviendas ostentosas eran símbolos de estatus porque permitían diferenciarse del resto. Sin embargo, para un número creciente de personas, el verdadero privilegio parece residir en algo mucho más escaso. Porque la exclusividad ya no se expresa únicamente a través de aquello que se posee, sino también mediante la forma en que se vive.

Fuente: Magnific
Esta transformación no contradice la lógica económica; más bien parece confirmarla. Si el valor surge de la escasez, entonces uno de los recursos más valiosos de nuestro tiempo es precisamente aquel que se ha vuelto más difícil de conseguir. La hiperconectividad, las extensas jornadas laborales, los problemas de tráfico en las grandes ciudades y la dificultad para desconectarse han convertido al descanso y a la tranquilidad en bienes cada vez más escasos.
No resulta extraño, entonces, que muchas personas que dedicaron décadas a acumular patrimonio descubran que el recurso más escaso es precisamente aquel que no pueden recuperar. Tampoco sorprende que numerosas empresas hayan comenzado a vender algo distinto a productos: venden ahorro de tiempo. Servicios de telemedicina, delivery, banca digital, asistentes basados en inteligencia artificial y experiencias altamente personalizadas responden, en gran medida, a la necesidad de liberar horas para las actividades que las personas consideran importantes.
Incluso las marcas de lujo han comenzado a desplazarse desde la ostentación hacia el bienestar y las experiencias. Porque aquello que durante mucho tiempo parecía cotidiano —leer un libro con calma, compartir una comida sin interrupciones, caminar sin prisa o disponer de una tarde libre— se está transformando progresivamente en un privilegio. En una sociedad caracterizada por la velocidad y la presión permanente por ser productivos, la tranquilidad comienza a adquirir un valor cada vez mayor.
La profesora de Harvard Business School, Ashley Whillans, ha desarrollado el concepto de time affluence o riqueza temporal, entendido como la percepción de disponer del tiempo suficiente para realizar actividades significativas. Sus investigaciones muestran que, una vez cubiertas las necesidades básicas, disponer de más tiempo puede aportar más bienestar que seguir acumulando ingresos.
Algo similar planteó el Premio Nobel Daniel Kahneman. Sus investigaciones mostraron que las personas pueden mejorar objetivamente sus condiciones materiales sin experimentar un incremento equivalente en su bienestar cotidiano. Porque una vida plena no depende únicamente de los recursos disponibles, sino también de la posibilidad de disfrutarlos.
Por su parte, el filósofo Byung-Chul Han ha advertido que las sociedades contemporáneas han dado paso a una cultura del rendimiento permanente. La necesidad de aprovechar cada minuto y mantenerse siempre activos ha contribuido a que el cansancio y el agotamiento dejen de ser excepciones para transformarse en rasgos característicos de nuestra época. Sin embargo, en nombre de la libertad y la realización personal, hemos terminado imponiéndonos formas de autoexigencia que dificultan disfrutar de aquello que supuestamente buscamos alcanzar.
Una reflexión similar propone Oliver Burkeman en su libro Four Thousand Weeks. Si una persona vive ochenta años, dispone aproximadamente de cuatro mil semanas. La cifra constituye un recordatorio de que el tiempo es un recurso finito y que ninguna cantidad de dinero permite recuperarlo.
Quizás uno de los mayores contrastes de nuestra época sea que nunca habíamos tenido tantas comodidades, tanta tecnología y tantos bienes materiales y, sin embargo, muchas personas sienten que carecen de aquello que más necesitan. Tal vez la verdadera prosperidad no consista en acumular más cosas, sino en disponer del tiempo necesario para disfrutar de la vida.
Porque, en una sociedad obsesionada con producir más, consumir más y estar permanentemente conectada y disponible, el mayor lujo ya no parece ser aquello que puede comprarse.
El verdadero lujo del siglo XXI, simplemente, se llama tiempo.

Académico, Escuela de Negocios, Universidad Adolfo Ibáñez
PhD in Management Sciences, ESADE Business School
Doctor en Empresa, Universidad de Barcelona
Doctor en Ciencias de la Gestión, Universidad Ramon Llull
Posdoctor en Ciencias Económicas, Universidad de Buenos Aires