En los últimos años, el debate económico y empresarial en Chile ha estado concentrado casi de manera exclusiva en variables macroeconómicas y coyunturales tradicionales: la tasa de crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB), el control de la inflación, la permisología ambiental y regulatoria, y las cifras de inversión extranjera directa. Sin embargo, en un entorno global hiperconectado y crecientemente competitivo, existe un factor intangible de primera importancia que suele quedar postergado o relegado al margen de las discusiones sobre las políticas de crecimiento y desarrollo: la Marca País y su reputación internacional.
Al igual que ocurre en el mundo corporativo, donde las marcas comerciales luchan por capturar la preferencia del consumidor, incrementar su market share y asegurar márgenes sostenibles, los países compiten activamente entre sí en un mercado global abierto. Las naciones disputan día a día la atracción de capitales productivos, la llegada de visitantes y turistas de alto impacto, la colocación de sus productos exportables con mayor prima de precio y la captación y retención del mejor talento humano. En esta contienda por el progreso, la competitividad de un país no depende únicamente de sus activos tangibles —como la riqueza de sus recursos naturales, su infraestructura física o su disciplina fiscal— ni solo de sus condiciones institucionales, sino también, de manera crítica, de la fuerza, nitidez y valor percibido de la marca que proyecta ante inversionistas, consumidores y talento de todo el mundo.

En el escenario global contemporáneo, marcado por una creciente polarización geopolítica, presiones proteccionistas y la reconfiguración de las cadenas globales de valor, suele argumentarse que las decisiones comerciales están crecientemente dominadas por factores de poder de bloque, seguridad nacional o barreras arancelarias, y que el énfasis debe estar cada vez menos en lo puramente económico. Sin embargo, reducir el comercio y el desarrollo internacional a un mero tablero geopolítico es una visión incompleta.
A pesar de las tensiones, seguimos operando en una economía de mercado global donde el consumo, las marcas de empresas y productos y las marcas país cobran más relevancia que nunca. La verdadera protección de nuestras exportaciones —ya sean nuestro vino, nuestros productos agrícolas, nuestros servicios tecnológicos y profesionales o nuestros atractivos naturales— no depende únicamente de los tratados internacionales de libre comercio o de las salvaguardas legales entre estados. En buena medida, la demanda depende de la notoriedad, el conocimiento y las creencias que millones de consumidores globales tengan en sus mentes respecto de nuestras marcas y de nuestro país. Incluso en commodities como el cobre, donde la marca no opera frente a consumidores finales, la reputación del país en trazabilidad, estándares ambientales y confiabilidad como proveedor pesa cada vez más en las decisiones de los compradores industriales.
En este sentido, la Marca País actúa como un escudo reputacional parcial: no neutraliza un arancel, pero ayuda a sostener la preferencia, la disposición a pagar y la lealtad de los consumidores internacionales aun cuando las reglas del comercio internacional se vuelvan inciertas o volátiles.
Para abordar la marca país con el rigor conceptual que exige un desafío estratégico es importante recurrir a las ideas de académicos de referencia en la disciplina del brand equity, como Aaker, Keller o Anholt, entre otros. Las marcas país pueden ser conceptualizadas como el conjunto articulado de conocimientos, asociaciones, imágenes y significados que los distintos públicos internacionales asignan a los componentes tangibles e intangibles de un territorio.
A partir de los modelos de valor de marca de Aaker y de la pirámide de Keller, pueden distinguirse tres pilares interconectados en las fuentes de valor de una marca país:
Un aspecto clave que no debe perderse de vista es que las marcas país son co-creadas. Si bien las agencias gubernamentales especializadas (como la Fundación Imagen de Chile) pueden diseñar estrategias y campañas de comunicación, la verdadera marca país se co-construye dinámicamente en la mente de millones de consumidores, inversionistas y ciudadanos alrededor del mundo y con la participación coordinada o no de empresas y gobiernos del país.
Para evaluar cuantitativa y cualitativamente la reputación de una nación, el modelo conceptual más ampliamente aceptado en la praxis estratégica internacional es el Hexágono de la Marca País, ideado por Simon Anholt y medido sistemáticamente a través del Anholt-Ipsos Nation Brands Index (NBI). Anholt argumenta que la reputación de un país no se construye mediante publicidad o eslóganes, sino a través de la emisión de señales coherentes en seis dimensiones clave:
| Dimensión del Hexágono | Descripción y Componentes Clave |
| Exportaciones (Exports) | Percepción y demanda hacia los productos y servicios con sello de origen; actúan como embajadores tangibles en los hogares globales. |
| Gobernanza (Governance) | Percepción de estabilidad política, certidumbre jurídica, respeto a las instituciones, transparencia y compromiso ambiental. |
| Inversión e Inmigración | Atractivo del país para captar capitales extranjeros, instalar empresas, desarrollar infraestructura y atraer talento técnico/académico. |
| Cultura y Patrimonio | Apreciación del patrimonio histórico, las artes contemporáneas, la literatura, el cine, las industrias creativas y el deporte. |
| Población (People) | Percepción colectiva sobre los habitantes del país: su hospitalidad, apertura, competencia profesional y valores compartidos. |
| Turismo (Tourism) | Atractivo de la oferta natural y urbana, infraestructura de servicios y calidad global de la experiencia de viaje. |
El propio Anholt en su noción de nation branding,se distancia de la ilusión de que la imagen de un país puede modificarse fundamentalmente mediante comunicación. En su enfoque, la reputación se mueve a través de tres palancas: una estrategia nacional clara, sustancia —políticas, inversiones e innovaciones reales— y acciones simbólicas que hacen visible esa sustancia. Sus mediciones muestran además que la imagen de los países es muy estable y cambia lentamente, lo que exige perseverancia y horizontes de largo plazo.
El desempeño de Chile en los estudios de reputación internacional bajo el modelo NBI entrega valiosos insumos para el análisis de nuestro brand equity nacional. Tras experimentar un período de desarrollo y mejora interesante, la marca Chile atravesó una etapa de estancamiento e incertidumbre relativa asociada a las dinámicas sociopolíticas del quinquenio previo. Los datos recientes muestran un repunte: en el NBI 2025, Chile se ubicó en el puesto 35 entre 50 países, tres lugares más arriba que en 2024 y seis sobre 2023. Aunque aún se sitúa detrás de Brasil (27), Argentina (30) y México (33), es el país latinoamericano que más ha avanzado en reputación desde 2023, y su familiaridad entre los públicos internacionales subió siete posiciones.
Al descomponer este indicador global, se observan diferencias en la evolución de las distintas dimensiones que conviene revisar para orientar acciones estratégicas futuras:
Por todo lo anterior, las acciones estratégicas destinadas a devolver la confianza en el mundo de las inversiones deben ir aparejadas de forma inseparable con acciones destinadas a atraer y fascinar a consumidores y turistas globales. Una estrategia país desequilibrada —que solo se enfoca en la certeza regulatoria o solo en la promoción turística— es insuficiente.
Para articular esta visión de forma competitiva, Chile debe considerar además los siguientes ejes prioritarios:
La gestión de la Marca País —o identidad competitiva, en términos de Anholt— no es un adorno publicitario reservado para períodos de bonanza económica ni una materia menor dentro de la agenda de gobierno o secundaria para el Ministerio de Hacienda; es más bien una palanca económica estratégica de competitividad, inversión y desarrollo. Basta observar cómo las grandes potencias mantienen acciones permanentes y planificadas en este ámbito, concertadas con el mundo privado.
En un escenario global crecientemente polarizado, donde la geopolítica redefine las reglas de los tratados, una de las protecciones más duraderas de una nación radica en la fuerza de sus activos intangibles: la reputación de sus instituciones para atraer inversiones y el afecto de los consumidores globales hacia sus marcas y su territorio. Asumir la gestión de nuestra Marca País con rigor técnico, visión de Estado de largo plazo e inversiones valientes en infraestructura y eventos de alcance mundial es una de las mejores bases para construir el bienestar futuro de nuestras próximas generaciones.
