Si tuviéramos que elegir una sola palabra para definir el consumo hacia 2027, sería intensidad. No solo por la vorágine tecnológica o la velocidad del mercado, sino porque los consumidores estarán profundamente influenciados por sus estados internos. El último reporte Future Consumer 2027 de WGSN confirma algo que los marketeros venimos sintiendo en terreno: las emociones dejaron de ser un recurso narrativo para convertirse en un sistema real de decisión, construcción de valor y diferenciación competitiva.
La policrisis (ese entrecruce permanente de tensiones económicas, sociales, climáticas y tecnológicas) ha reconfigurado la forma en que las personas evalúan a las marcas. La audiencia ya no solo busca utilidad o precio; busca regularse, sentirse acompañada, recuperar energía, confiar y participar. Y esa demanda emocional, lejos de ser blanda, es tremendamente estratégica: determina dónde se dirige la atención, qué se recuerda y qué se abandona.
El estudio identifica seis estados emocionales que dominarán el consumo global hacia 2027. Interpretarlos no es opcional: es el nuevo lenguaje del marketing.
Por María Teresa Salamanca, Profesional del marketing, estrategia y posicionamiento en retail

Después de años de sobredemanda mental, limitación de recursos y saturación digital, emerge un deseo transversal: simplificar.
Witherwill no es escapismo; es una búsqueda consciente de eficiencia emocional. Para las marcas, esto significa diseñar experiencias sin fricción, reducir lo superfluo y apostar por una estética y una comunicación que bajen la carga cognitiva.
Menos pantallas. Más claridad. Más humanidad.
Vivimos un momento donde la innovación promete más de lo que las personas alcanzan a comprender o asimilar. El resultado es una mezcla de entusiasmo y sospecha.
La IA generativa, los sistemas autónomos y la trazabilidad de datos obligan a las marcas a entender que el próximo gran diferencial no será la “novedad”, sino la confianza.
Las compañías que expliquen, eduquen y transparenten procesos ganarán terreno en un contexto donde la transparencia será un activo reputacional y comercial.
La crisis climática ya no es un tema externo: es una emoción cotidiana.
Las personas buscarán productos que prolonguen la sensación de estabilidad —diseños durables, servicios reparables, materiales que resisten— y marcas que integren la adaptación como filosofía.
Aquí no basta con comunicar sostenibilidad. En 2027, la pregunta será:
¿Estás diseñando para un mundo que cambia o para uno que ya cambió?
Tras años de polarización, desinformación y desgaste institucional, emerge un deseo de reconstrucción. Las personas quieren sentir que su participación transforma algo: su barrio, su comunidad, su entorno cercano.
Las marcas deberán moverse desde la promesa de propósito hacia el propósito operativo: acciones, impacto medible y activaciones que devuelvan sentido de agencia a las audiencias.
La incertidumbre crea instintos de resguardo: cuidado de datos, pertenencia a lo local, círculos de confianza más acotados.
Las marcas que activan Shared Vigilance no solo protegen la privacidad: generan refugio emocional.
Desde programas de fidelización que refuerzan comunidad hasta experiencias hiperlocales, la pregunta clave será:
¿Cómo cuida esta marca de mí? ¿Cómo cuido yo a la marca?
La alegría ya no es “entretenimiento”: es regulación emocional, cohesión social y, sobre todo, diferenciación.
En un clima global cargado, la alegría bien diseñada —inclusiva, consciente, con propósito— se convierte en un recurso estratégico.
Las marcas deberán crear espacios que amplíen la creatividad, generen sentido de pertenencia y activen bienestar real. La alegría será un mecanismo de resistencia y productividad.

Todos estos estados comparten una premisa: el consumidor 2027 toma decisiones según cómo lo hace sentir su contexto.
Y esa emocionalidad no es volátil:
El marketing ya no puede seguir operando desde “qué queremos contar”, sino desde qué emoción queremos cultivar y sostener en el tiempo.
Si en la última década aprendimos a medir la atención, en la próxima aprenderemos a medir la emoción.
Y quien logre leerla —y diseñar para ella— liderará el mercado.
La pregunta para el marketing ya no es “¿qué cuenta tu marca?”, sino:
¿Qué emoción sostiene tu marca en un mundo que cambia todos los días?