
Hoy, detrás de una etiqueta falsificada puede existir una cadena de fabricación clandestina, contrabando, distribución y lavado de activos que convierte la imitación en un negocio criminal. El reciente informe de 2026 de la Cámara Nacional de Comercio, “Economía en las sombras: Radiografía del comercio ilícito y la seguridad en Chile”, indica que la percepción ciudadana de que el comercio ilícito financia a mafias aumentó de 80% a 88% entre 2023 y 2024.
Esa dimensión se refleja en las incautaciones. Según cifras de Aduanas citadas en el informe, entre enero y noviembre de 2024 se decomisaron 7,5 millones de productos falsificados, casi 25 millones de cajetillas de cigarrillos —con una evasión fiscal superior a US$ 69 millones— y más de 4 millones de productos sin certificación sanitaria. Cada incautación evidencia riesgos para la salud, como medicamentos adulterados o juguetes sin controles de seguridad, además de perjuicios al comercio formal y la recaudación fiscal.
La misma dinámica se extiende al entorno digital: en 2024, las compras informales digitales alcanzaron un estimado de US$ 1.143,4 millones —más del 10% del comercio electrónico— y el 46% de las transacciones en redes sociales fue informal. La trazabilidad casi inexistente dificulta rastrear los productos y verificar su origen, lo que vuelve más vulnerable al consumidor. Estas cifras solo han crecido a la fecha.
Frente a este escenario, el legislador chileno reconoció la conexión entre falsificación y criminalidad económica: en octubre de 2023, los delitos de falsificación de marcas se incorporaron al catálogo de delitos base de lavado de activos. Desde entonces, el Ministerio Público y la UAF pueden perseguir el rastro financiero de las ganancias ilícitas con las mismas herramientas usadas contra el narcotráfico, como el levantamiento del secreto bancario, las interceptaciones y el decomiso de activos.
Proteger una marca resguarda la inversión, promueve la innovación y entrega información confiable al consumidor. Pero hoy se agrega una razón de interés público: cuando la falsificación opera a escala industrial con estructuras criminales detrás, perseguirla contribuye a desarticular esas redes. El desafío es reconocer esta dimensión sin generalizar, distinguir los casos y responder con la seriedad que exige. La propiedad intelectual ya no puede tratarse solo como un asunto entre empresas y abogados: primero es un problema de seguridad, salud pública y recaudación fiscal; en definitiva, un problema de todos.

Juan Francisco Peralta, abogado en Sargent & Krahn