
La percepción de un futuro incierto, la exposición a situaciones de violencia y las dificultades para pedir ayuda están configurando un escenario de creciente preocupación para niños, niñas y adolescentes en Chile.{
Una señal de ello aparece en la Encuesta de Juventud y Bienestar 2024 de SENDA, aplicada a estudiantes de segundo medio a nivel nacional, un 32,6% señala que el futuro parece sin esperanzas, mientras que un 16,8% afirma haber pensado en suicidarse durante los últimos siete días. A esto se suma que un 36,4% declara que le resulta difícil o muy difícil conversar con sus padres sobre temas personales.
Los antecedentes se conocen en paralelo a un estudio reciente que muestra menores expectativas de futuro entre los jóvenes chilenos, con una proporción importante que percibe menos oportunidades que sus padres y que incluso considera emigrar. En tanto, la Defensoría de la Niñez reportó un aumento de 46,4% en las víctimas de violencia sexual y de 137% en los egresos hospitalarios por lesiones autoinfligidas.
Para la Dra. Tamara Otzen, psicóloga, docente de la Universidad de La Frontera, directora del Doctorado en Ciencias Médicas y presidenta de la Fundación OPA, estos antecedentes deben ser observados como parte de un escenario de vulnerabilidad acumulativa y no simplemente como un “malestar de época”.
“Los factores de riesgo son condiciones de base que aumentan la vulnerabilidad de un adolescente de forma sostenida en el tiempo”, explica. Entre ellos menciona los antecedentes de intentos previos, la exposición crónica a violencia, familias poco contenedoras, el rechazo social y determinados problemas de salud mental.
Existen señales directas, como expresar deseos de morir, decir que “ya no aguanta más”, buscar acceso a medios potencialmente letales, despedirse de manera inusual o dejar mensajes relacionados con la muerte. “Ninguna señal por sí sola confirma un riesgo, pero su acumulación o su aparición brusca sí debe movilizarnos a preguntar directamente y a acompañar”, plantea Otzen.
La diferencia entre una crisis propia de la adolescencia y una situación que requiere atención profesional, agrega, está principalmente en la intensidad, persistencia e impacto de los cambios. Irritabilidad, ansiedad o tristeza que se mantienen en el tiempo, deterioro de la autoimagen o conductas que ponen en riesgo la vida dejan de ser parte de un malestar transitorio y requieren intervención.
Para Otzen, uno de los principales desafíos es que la prevención no quede exclusivamente en manos de especialistas. Más de un tercio de los adolescentes declara tener dificultades para conversar con sus padres sobre asuntos personales, por lo que considera necesario que sean los propios adultos quienes abran esos espacios de conversación, incluso cuando el adolescente no los solicite.
La especialista plantea que colegios, familias y comunidades pueden cumplir un papel preventivo mediante protocolos claros, capacitación de profesores y otros adultos como “guardianes” capaces de detectar señales, y un acompañamiento que continúe más allá de una derivación puntual.
“Preguntar es solo el inicio. Lo que viene después es igual de determinante: contener sin juzgar”, sostiene Otzen. Frente a una eventual situación de riesgo, recomienda conversar en privado, mantener la calma, no minimizar lo que el adolescente está expresando y activar la red de apoyo correspondiente.
La académica también advierte sobre la responsabilidad de los medios y redes sociales al abordar estas situaciones. La difusión de contenidos sensacionalistas, la simplificación de las causas o la exposición de métodos puede contribuir a conductas imitativas, mientras que una comunicación que promueva la búsqueda de ayuda y muestre posibilidades de salida puede tener un efecto protector.
Desde la Fundación OPA (organización vinculada a la Universidad de La Frontera que trabaja en promoción de la salud mental, prevención de la conducta suicida y fortalecimiento de redes de apoyo), el llamado es a avanzar desde una respuesta centrada exclusivamente en la crisis hacia una cultura de prevención, donde familias, colegios y comunidades puedan reconocer señales y actuar oportunamente.

Tamara Otzen, psicóloga, docente de la Universidad de La Frontera, directora del Doctorado en Ciencias Médicas y presidenta de la Fundación OPA,