El 2016 es el nuevo refugio cultural

Por María Paz Long, Directora General de Planificación Estratégica en TBWA Frederick

Durante este primer mes del año, las redes sociales se han visto marcadas por un viral que ha sido llamado «2026 es el nuevo 2016», en donde las personas comenzaron a compartir imágenes y recuerdos de hace una décadas relevando la nostalgia.

¿Qué tanto tendrá que ver con la nostalgia análoga? Esta vez, la melancolía no se articula desde una estética VHS que remite a los años noventa, sino que se detiene en 2016, un periodo en el que lo digital todavía se percibía como más íntimo, cercano y manejable.

Ya en 2011, el ensayista británico, Simon Reynolds, advirtió que cuando el futuro pierde atractivo o claridad, la cultura pop tiende a mirar hacia atrás. En el entorno digital, ese gesto se acelera y los ciclos se comprimen, de modo tal que una década basta para transformar recuerdos recientes en un cobijo emocional. Lo cierto es que en 2016, Instagram no priorizaba el video; TikTok no moldeaba tendencias globales; y la monetización no definía cada interacción, y esa experiencia de usuario quedó plasmada en la memoria colectiva de la Generación Z.

En línea con la mirada de Reynolds, las audiencias recuerdan con melancolía un periodo en que lo digital se sentía menos como un Big Brother orwelliano y más como un entorno habitable  -y amigable-. Es precisamente ese recuerdo el que está estimulando el auge de estéticas las producciones deliberadamente imperfectas.

Este movimiento también responde a la sobresaturación actual. La economía de la atención expone a las audiencias a flujos constantes de presión performativa, que se traduce en fatiga cognitiva, y frente a ese escenario, la nostalgia por 2016 ofrece una narrativa de alivio ya que sin prometer desconexión total, propone una relación menos extractiva con lo digital.

A lo anterior, se suma una crisis de confianza tecnológica a raíz de la proliferación de contenido creado con Inteligencia Artificial, como los deepfakes, han instalado dudas sobre la autenticidad de la información. En este marco, 2016 simboliza un momento previo a la simulación masiva.

La nostalgia análoga está emergiendo, no busca regresar al pasado; es más bien un reflejo crítico de la tiranía del algoritmo. La gran pregunta es: ¿cómo actuar en un mundo cuya consigna es que todo tiempo pasado fue mejor? El desafío es arduo, de eso no cabe duda, pero un buen punto de partida es interpretar este clima emocional y traducirlo en decisiones creativas que migren del impacto inmediato al vínculo sostenido, construyendo una comunicación que reconstruya la confianza desde relatos auténticos.

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